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Enero 2023

Volumen 103, Número 1

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“El amor no es un estado de sentimiento perfecto. Es un sustantivo activo como ‘lucha’.

Amar a alguien es luchar para aceptar a esa persona exactamente

de la manera como él o ella es aquí y ahora”.

 

Fred McFeely Rogers, mejor conocido como Mister Rogers, era presentador de televisión, autor, productor y ministro presbiteriano estadounidense. Fue el creador, realizador y presentador de la serie de televisión preescolar El Vecindario del Señor Roger, que corrió desde 1968 hasta 2001. A diferencia de otros programas de televisión para niños que enfatizaban el aprendizaje cognitivo, la serie de Fred Rogers se enfocaba en las necesidades emocionales y sociales de los niños pequeños. Fred Rogers valoraba el desarrollo psicológico, las emociones y el sentido del razonamiento moral y ético de los niños. Resaltaba el compartir, la civilidad, la tolerancia y el auto-valor a un ritmo suave, seguro y pausado.

 

Los cálidos recuerdos de esta serie de televisión única y atesorada vienen a mí a través de un reciente intercambio de esta cita sencilla. Recuerdo a mis propios hijos reunirse fielmente para ser atrapados en lo maravilloso de sus personajes. Sus historias, su simplicidad se volvieron el cimiento suave para el desarrollo de sus valores y respeto por los demás. Su mensaje de amor era presentado como un esfuerzo activo –algo que requería resolución y trabajo. Esto reconocía la tendencia humana a juzgar y ver las diferencias como algo para temer y rechazar. Mr. Rogers ofrecía la estimulación para abrazar las diferencias y encontrar lo encantador en los demás aún cuando el encuentro sea incómodo. La interacción puede ser sorprendente y gratificante.

 

Yo creo que el amor no es ingenuo. No es un enfoque de vida tipo Pollyana. Lo trabajamos. La amistad nace de la atracción. Ocurre cuando nos sentimos atraídos hacia el otro. Proviene de un magnetismo entre personas afines. El amor, el respeto y la aceptación son una decisión. Es una mentalidad para mirar más allá de las apariencias de los demás, buscando los tesoros interiores. Esto requiere tiempo, paciencia y humildad. Pide una conversión personal.

 

El llamado a participar en una comunidad de SPRED es una convocación a amar. Es una decisión basada en la moral y la fe para entrar a un vínculo sagrado con las personas, jóvenes y adultas, de todos los ámbitos de la vida, con diferentes habilidades y desafíos de la vida cotidiana. SPRED es una invitación a explorar las maravillas y los misterios del extraño –tanto catequistas como amigos. Atrae a las personas, impulsadas por la conciencia para dar el paso audaz de responder al llamado de ser iglesia para todos. Nos reconocemos a nosotros mismos como el pueblo de Dios –débil y fuerte, quebrado y hermoso. Estas son sólo percepciones. Cada uno de nosotros es creado a imagen de Dios en la efusión de su amor. Las relaciones son vitales para atraernos hacia lo que somos llamados a ser. Ya sea que tomemos un enfoque bíblico o teológico para dar la bienvenida a los demás dentro de las relaciones en la mesa del Señor, esto va más allá de la inclusión para pertenecer. Se trata del imperativo de amar. El amor tiene un precio personal.

“Hay diferentes dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo; hay diversos ministerios, pero el Señor es el mismo; hay diversidad de obras, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos”. 1 corintios 12:4-7

 

Mientras me detengo en este pasaje, estoy profundamente consciente de que existe una ausencia completas de cualquier terminología que implique ellos y nosotros. Esto enfatiza la unicidad de cada ser. No hay indicación de mejor o peor; sino diferentes dones para compartirlos por todos y con todos.

 

Valoro una colección de álbumes de fotos atesoradas y una preciada presentación de diapositivas de catequistas y sus acompañantes que han honrado las comunidades de SPRED de Reina de los Ángeles por los pasados 45 años. Mientras reflexiono sobre cada persona, escucho el eco de sus risas y el susurro tentativo de voces más amables, estoy profundamente consciente de que cada una retrata una notable singularidad, sin trabas debido al juicio o las etiquetas. Esto es un caleidoscopio de múltiples personalidades -juguetón, tímido, travieso, terco, tonto, serio, tranquilo, vocal, silencioso, reflexivo, temperamental, intenso… y la lista continúa. Por supuesto, estas características del carácter son el collage de catequistas y compañeros en una obra de arte colorida de personalidades entremezcladas. La lista no revela ni habilidad ni discapacidad. En cambio –destaca la unidad en nuestra singularidad.

 

Una comunidad de SPRED se compone de aquellos que escucharon el llamado para SER iglesia para todos. Los voluntarios se reúnen para explorar la posibilidad de un lugar sin juicios; un lugar de gente reunida para abrir sus corazones y almas en la búsqueda de la comunión sagrada. El llamado de las catequistas y sus compañeras es una receta para una mezcla deliciosa de personalidades, peculiaridades, caprichos, talentos, debilidades y misterio. Algunas experimentan la atracción natural de la amistad con uno o con otro, mientras todos luchan con el llamado a ir más allá de la aceptación caritativa para abrazar una relación más profunda fomentada en el respeto y culminando en el amor. La formación de una comunidad de fe es un proceso suave. El perfil cambia con las idas y venidas de cada catequista y amigos. El trabajo es continuo, pero el precio es valioso.

 

Recientemente, he estado reflexionando en las consideraciones de Amy Jacober en su libro Redefining Perfect que explora la interacción de la teología y la discapacidad.1 Ella profesa ir más allá de la representación del invitado para considerar el concepto de un miembro igual y valioso de la comunidad. Ella ancla su premisa teológica en las experiencias de la vida real. La interacción atrae a alguien para que vaya más allá de las categorías y los títulos que construyen las clasificaciones perjudiciales de capaz y discapacitado –el completo y el quebrado. Su conclusión conmovedora admite la comprensión de que todos somos una obra en proceso. Ella ofrece la visión de perfección de Dios. “No se trata de pedirles a los demás que se parezcan a mí, suenen como yo, piensen como yo. Se trata de hacer espacio en la mesa y hacer la obra lenta y hermosa de lograr ver los destellos de Dios en todos los que él ha creado. Para nuestros Amigos, esto significa no sólo conocer en las profundidades de sus seres que ellos son valiosos sino que la comunidad que los rodea lo sabe también, y actúa de acuerdo a ello. Eso es perfección.”

 

Ser Iglesia es un acto intencional. Yo imagino que la visión de Dios es que debemos depender de los demás para volvernos un todo –para volvernos la plenitud del Cuerpo de Cristo. En el proceso, inevitablemente nos topamos con nuestras propias imperfecciones. Descubrir esas imperfecciones no significa perfecto o sin esperanza. La reunión de las catequistas de SPRED y sus amigos está abierta a dar la bienvenida al extraño. Ya que el llamado a la comunidad atrae a personas de todos los ámbitos de la vida, prometiendo una mezcla de hombres y mujeres de todas las edades.

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Esto incluye gente de todos los orígenes étnicos, estatus económicos, educación, dones y desafíos. El retrato se transforma con las idas y venidas de catequistas y amigos.

 

Como miembros del Cuerpo de Cristo, respondemos al imperativo de amar a todos nuestros hermanos y hermanas. Volvernos Iglesia es una acción comunal. Estamos llamados a tender la mano para ayudarnos unos a otros y convertirnos en lo mejor que podamos ser. El amor no es tolerancia, sino abrazar las diferencias y el descubrimiento de la sorpresa que está en el corazón de ese acto deliberado. La aceptación es la encarnación del amor. Es un viaje hacia la plenitud.

 

Si el amor es el imperativo de volverse Iglesia, esto requiere más que un cambio físico a un edificio. Predicamos acerca de la inclusión, aceptación y el amor, sin embargo, en el mundo real, dudamos en sentarnos en la misma banca con una persona de apariencia diferente o hacemos una mueca ante un sonido desconocido. ¿Por qué la incomodidad personal permite que cualquiera ahuyente a los demás?

 

Después de más de medio siglo, ¿por qué las parroquias dudan en patrocimar una comunidad de SPRED? ¿Por qué los miembros fieles de la iglesia se alejan de la invitación para hacer una decisión intencional para derribar las barreras y abrazar la posibilidad del amor? En la obra de renovar nuestra iglesia escuchamos el llamado a dar la bienvenida al extraño como un acto de consciencia, un acto de fe. Como el Cuerpo de Cristo, nos esforzamos por liberar a la humanidad de la percepción de que cualquier persona tiene el derecho a ser selectiva acerca de aquellos que son llamados a ser el pueblo de Dios.

 

Creo que la vitalidad de la Iglesia depende del nacimiento de pequeñas comunidades de fe intencionales para comenzar y promover el trabajo del amor. El cambio a escala pequeña con un intento serio y una misión útil tiene la posibilidad de inspirara a los demás. Como miembros de las comunidades de SPRED, modelamos una bienvenida y una postura llena de fe que comunica que todos son bienvenidos a la mesa del Señor, se lanza una piedra para agitar ondas de esperanza. Por medio de la gracia de los sacramentos, Dios otorga a cada uno de nosotros el coraje de correr el riesgo de caer en sintonía con los demás –por incómodo que pueda ser en ocasiones. A medida que los voluntarios rompan la miríada de excusas que ocultan el miedo real, el cambio vendrá

 

Cada comunidad de SPRED formada paciente y deliberadamente dentro del corazón de una parroquia tiene el potencial feliz de despertar la conversión que da vida. Construir y mantener una pequeña comunidad de fe  necesita paciencia y determinación y darle la bienvenida a la gracia de Dios. Las comunidades de SPRED toman la decisión intencional de ir más allá de la caridad hacia relaciones genuinas basadas en hacer espacio para el amor, la alegría y la paz. Somos diferentes pero lo mismo –todos creados a la imagen de Dios.

 

“Parte del problema con la palabra discapacidad es que inmediatamente sugiere una incapacidad para ver, o escuchar, o caminar, o para hacer cosas que muchos damos por hecho.

 

Pero ¿qué hay de la gente que no puede sentir; hablar de sus sentimientos; o manejarlos en maneras constructivas? ¿Qué hay de la gente que no es capaz de crear relaciones cercanas y fuertes o de la gente que no puede encontrar realización en sus vidas? ¿Qué hay de aquellos que han perdido la esperanza, que viven en la desilusión y la amargura y no encuentran gozo en la vida ni en el amor? Estas me parecen las verdaderas discapacidades”.

 

Julia Hess

Trabajadora Religiosa Comunitaria de SPRED, Chicago

 

  1. Amy E. Jacober, Redefining Perfect, The Interplay Between Theology & Disability, Castle Books, Eugene, OR 2017

 

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